MENÚ PARA GRUPO

mariano chispi

Entre el Congreso de los Diputados y el restaurante Arahy, en coche, el kilómetro y cien metros que según Google maps existe, se recorre en cinco minutos. Menos si quien te abre camino es la seguridad nacional y quien viaja en el coche es un presidente de gobierno que va a realizar su última comida como tal.

Desde su apertura, hace ahora algo más de un año, ha conseguido buena aceptación por la clientela que lo visita. Incluso se ha colocado, es esa popular guía on line que se llama Tripadvisor, como el 154 de Madrid de 9.895. Sus sillas con tapicería en colores que van del morado al amarillo, sus privados con paredes en tonos verdes y sillones rojizos y burdeos, lo convierten, por su situación, destino de la gente guapa que quiere saber lo que se gasta sin miedo a no estar en la onda foodie.

Menús de precio cerrado y propuestas que se han hecho populares por usadas. Donde la fusión y el atún son el centro de sus platos con forma de pescado para contener delicados filetitos de parpatana, cebiches de lubina sobre media lima, o llegan a la poética metáfora de llamar al pan “cristal de harina”. Donde un primero y un segundo vienen a costar 29,50, eso sí, 10% de iva no incluido. Aunque el solomillo sigue siendo el atractivo plato central de sus menús de grupo, 55 o 60 euros. Según sea el normal o el más largo, al que han añadido una propuesta más. Quien dijo que las tapas a cinco euros no sean valoradas como se debe.

El jueves 31 de mayo, a eso de las dos y pico, el grupo de políticos y hombres de confianza que acompaña a ese presidente que camina como si lo persiguiera el olvido y que nadie conoce como M. Rajoy, entraron a uno de sus reservados y se hicieron fuertes.

Es cierto que a las tres de la tarde continuará en el Congreso el debate sobre la moción de censura hacia la figura que ahora lee la carta, y duda entre si los comensales se deben decidir por un primero y un segundo, o mejor será alargar la conversación y apoyarse en esos dos menús para grupos, que son de precio contenido teniendo en cuenta el valor del metro cuadrado en la Calle Alcalá, de esa manera no harán saltar las suspicacias a nadie por el coste de la manduca. Parece que las noticas que han llegado del grupo del PNV dan por cerrada cualquier esperanza de continuar gobernando el país. Así que no hay porqué dar la cara. Al final son los números los que cuentan, y 180 son más que esa abstención canaria, los que ciudadanos aportan y la manada del PP.

La carta en Arahy, como la política que ha practicado el gobierno del de los que ahora espalman mantequilla en los panecillos, es complaciente, sonora y que quiere llegar a todos. Parte de la tradición son grandes clásicos que sabemos gustan a todo el mundo, que si jamón, que si croquetas cremosas con diversos apellidos y una nota de engaño, porque la trufa blanca es un otoñal elemento, y como esa atención que ha prestado el grupo de las gaviotas a la memoria histórica, a los pensionistas o a la violencia de género, debe de encontrar en añadido químico de aceite de laboratorio más que en realidad a tubérculo de cuerpo y alma. Pero ya se sabe que lo importante es la apariencia, el titular, la repetición. Y una mentira repetida mil veces se convierte en croqueta cremosa de trufa blanca, aunque estemos diciendo adiós a la primavera.

En la carta de Arahy faltan comas y acentos. Sobra literatura barata. Hemos llegado a la necesidad de mezclar churras con merinas para así contentar a todos, y aunque hay hasta un canelón de boletus y amanita con foie, trufa y huevo de codorniz, están más cerca del mundo exterior que de la Cataluña del seny. Igual que los comensales, que no se deciden si descorchar ese vino blanco, MOMO, que elabora la bodega jerezana Romate en la D.O Rueda, o lanzarse al burbujeo del champagne Mumm, una casa empeñada en hacer felices a los que apoyan el boicot a las burbujas catalanas.

Mientras el mundo se pregunta, en tuits y llamadas telefónicas, que donde andará el presidente, las horas pasan, los platos se suceden, las botellas se descorchan y la comida da paso a los cafés, a la merienda y hasta la cena.

El rostro del personaje que sale escoltado por dos guardaespaldas y una guía del restaurante, cerca de las once de la noche, no muestra un gesto de preocupación, sino de desorientación. Los ojos le brillan, la lengua aparece entre la comisura de los labios. El futuro parece borroso.

A esa hora el Congreso de los Diputados ha cerrado sus puertas. Y hay un hombre que se dirige a su casa. Su mujer está preparando las maletas. Parece que van a cambiar de vivienda.

 

 

 

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